“Llegará el día en
que volvamos a vernos, en que te tome las manos, te diga que he vuelto y te
prometa que nunca más me alejaré de ti, que la paz ha llegado y que podemos, al
fin, ser felices”. El que escribía estas
líneas a su amada era Hugo D. Tenía sólo 24 años. Cuatro después moriría en la
Batalla de Stalingrado. Lo que el lector no se imagina es que Hugo era un
soldado al servicio de Hitler, a manos del cual cayeron inocentes en plena Segunda
Guerra Mundial. Los nazis también escribían cartas de amor, y a sus familias, e
incluso lloraban anhelando estar en casa. Lo hacían mientras asesinaban a
millones de judíos en campos de concentración, pero lo que ocurría a pocos
metros era menos importante que explicar lo bien que habían comido esa misma
mañana. Cartas enviadas desde el terror por aquellos que lo extendían y que
recoge Marie Moutier en Cartas de la Wehrmacht (Editorial Crítica) Mourtier,
especialista en el III Reich y autora de varios ensayos respecto al tema, ha
sido una de las primeras personas en tener acceso a la correspondencia personal
de los soldados nazis y lleva recopilando material desde hace tres años, cuando
empezó a investigar entre todo el material disponible en el Muso de la
Comunicación de Berlín, donde se encuentran más de 16.000 misivas de
combatientes.
La autora explica en
las primeras páginas del libro cómo leyendo esas misivas se dio cuenta de algo
que la descolocó: los soldados alemanes eran seres humanos. Escribían a los que
querían y les contaban detalles triviales que se mezclaban con la brutalidad
del conflicto. Tras una frase llena de dulzura procedían a contar cómo habían
bombardeado ciudades enteras provocando miles de muertos. “Tenían la capacidad
de hacer el mal y explicárselo a los demás como si nada”, cuenta Moutier.
'Si miramos a los
soldados nazis como hombres, la catástrofe nos parece aún más horrible. Aquel
apocalipsis fue cuestión de seres humanos'
Entendió que publicar
estas cartas era la oportunidad de ver la guerra desde los ojos de los nazis y
de comprender el conflicto en su totalidad. Para ello ha querido devolver a los
soldados su humanidad. “Comprobar que eran humanos puede provocarnos desazón,
pero eso es lo que buscamos. Si los miramos como hombres, la catástrofe nos
parece aún más horrible. Aquel apocalipsis fue cuestión de seres humanos”,
justifica su autora en Cartas de Wehrmacht.
El mal de la
banalidad
“La miseria de la
población es espantosa. Es incluso peor que en Polonia. Miles y miles de
refugiados con los pies destrozados o con zapatos inservibles se arrastran
hacia sus hogares. A veces me esfuerzo en odiar a los franceses. Si no lo
hiciera, acabaría sintiendo compasión por el pueblo, que no deseaba que se
desatara este conflicto”
Hans P. 30 de mayo
1940
En Cartas de la
Wehrmacht se establece una teoría que da la vuelta a la banalidad del mal de
Hanna Arendt. Marie Moutier prefiere hablar del mal de la banalidad cuando se
refiere a estos soldados, que eran conscientes de las atrocidades que cometían,
pero que las consideraban como algo cotidiano a lo que no daban importancia. O
al menos no más que al hecho de jugar un partido de fútbo o de haber ido a un
burdel por la noche. Lo humano y lo inhumano en un mismo párrafo.
Leyendo todas estas cartas
uno se da cuenta de que entre esos asesinos había padres, enamorados, banqueros
y artistas poseídos por su ideología y seguros de que hacían lo correcto. No
hay señal de arrepentimiento o de duda en sus palabras.
Esto se hace patente
en que no hay pasajes que describan explícitamente las masacres cometidas, sino
que se habla de ellas de soslayo. Cuando se refieren a sus crímenes lo hacen
justificándolos y dictando sentencia sobre la superioridad moral del pueblo
alemán, como se aprecia en pasajes como los siguientes:
“Hoy hemos pasado por
la ciudad. Nuestra aviación redujo calles enteras a cenizas. ¡Y estos perezosos
polacos todavía no las han retirado! Los judíos se hacinan en un barrio rodeado
de alambre de púas… Cada día nos traen entre 800 y 1.000 rusos al campo, de los
que mueren entre cincuenta y sesenta diariamente. Los hombres tienen piojos –os
dejo imaginar dónde-. ¡Pero arriba esos ánimos! La guerra acabará y, si Dios
quiere, papá volverá sano y salvo con sus queridas mujeres”.
Kurt S. 4 de septiembre
de 1941
“La venganza de los
canallas judíos del extranjero caerá de un modo atroz sobre nuestro pueblo,
porque, para dar al fin reposo y paz al mundo, aquí se ha ejecutado a
centenares de miles de judíos… Podríamos sentirnos afectados, pero cuando
pensamos en la gran idea que nos impulsa, nos damos cuenta de que esto ha sido
necesario”
Heinz S. 20 de mayo
1942
El recrudecimiento de
la guerra se nota también en estas cartas, que son presentadas en orden
cronológico y separadas en tres fases. La primera, de 1939 a 1941, una época de
victorias y avances en la que se ve el entusiasmo de los soldados. La
siguiente, que abarca los años 42 y 43, en la que empieza el declive del
ejército alemán, y una última entre 1944 y 1945. En esta última las cartas desaparecen,
y los documentos son más escasos ya que casi todos los alemanes se encontraban
muertos o como prisioneros de guerra. Es en cárceles desde donde escriben sus
últimas letras dejando testimonio del hundimiento de la Wehrmacht:
“Creo que morir no me
resultará difícil. Por favor, perdona que te escriba con esta mala letra. No
tengo ninguna mesa en la que apoyarme. Piensa en mí. Afectuosamente. Vuestro
Fritz” (fonte: El Confidencial)

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